¿Cómo se puede estar tan bien y
mal al mismo tiempo? No soy tan honesto en este aspecto: tiendo a ponerme una
sonrisa vespertina que dura seis horas. Parece casi un uniforme temporal: sirve
para atravesar conversaciones, rutinas, gente, ruido… hasta que llega el
momento silencioso del regreso y todo vuelve a caer sobre la misma silla, las
mismas ideas, el mismo peso. Es paradójico decir que no hay honestidad, pero sí
estoy siendo directo.
La ciudad, mientras tanto, sigue
funcionando con una normalidad que a veces me resulta ofensiva. Los vendedores
siguen gritando precios en las esquinas, las motos pasan como si siempre
llegaran tarde a algo importante y las ventanas iluminadas de los edificios
parecieran contener vidas mucho más simples que la mía. Me pregunto cuántas
personas regresan también fingiendo que el cansancio es únicamente físico y no
esta especie de grieta que se instala detrás de los ojos.
Justamente, antes de una noche
muy bonita, vi este árbol iluminado de verde, dejando ver las ramas que son
como fracturas. Había algo extraño en él: no parecía triste, pero tampoco
completamente vivo. La luz lo sostenía desde abajo, marcando cada división del
tronco, cada línea torcida que normalmente la oscuridad escondería. Por un
momento pensé que quizá las cosas rotas también podían verse hermosas cuando
alguien sabía dónde apuntar la luz.
También está el alivio silencioso
de llegar de noche y encontrar una cama cómoda después del cansancio acumulado.
La sensación del ventilador golpeando el cuerpo en medio del calor insoportable
de esta ciudad, la desnudez convertida casi en una forma mínima de descanso,
como si quitarse la ropa fuera también despojarse un poco el peso del día.
Aunque, a veces, esa misma comodidad hace más evidente la ausencia de alguien
al otro lado. Porque hay vacíos que se sienten más fuerte precisamente cuando
todo lo demás parece estar en orden.
Quizá por eso sigo escribiendo.
Porque algunas personas lloran, otras gritan, otras desaparecen un rato. Yo
escribo, y tipeo más de lo común, busco algún refugio, comprensión sentida,
rodearme de brazos inexistentes. Quizá por eso sigo esperando cierta clase de
luz. No una que venga a salvarme ni a resolverlo todo, sino una capaz de
atravesar estas sombras y hacerme sentir algo nuevo otra vez.
