12 de mayo de 2026

Sombras

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¿Cómo se puede estar tan bien y mal al mismo tiempo? No soy tan honesto en este aspecto: tiendo a ponerme una sonrisa vespertina que dura seis horas. Parece casi un uniforme temporal: sirve para atravesar conversaciones, rutinas, gente, ruido… hasta que llega el momento silencioso del regreso y todo vuelve a caer sobre la misma silla, las mismas ideas, el mismo peso. Es paradójico decir que no hay honestidad, pero sí estoy siendo directo.

La ciudad, mientras tanto, sigue funcionando con una normalidad que a veces me resulta ofensiva. Los vendedores siguen gritando precios en las esquinas, las motos pasan como si siempre llegaran tarde a algo importante y las ventanas iluminadas de los edificios parecieran contener vidas mucho más simples que la mía. Me pregunto cuántas personas regresan también fingiendo que el cansancio es únicamente físico y no esta especie de grieta que se instala detrás de los ojos.

Justamente, antes de una noche muy bonita, vi este árbol iluminado de verde, dejando ver las ramas que son como fracturas. Había algo extraño en él: no parecía triste, pero tampoco completamente vivo. La luz lo sostenía desde abajo, marcando cada división del tronco, cada línea torcida que normalmente la oscuridad escondería. Por un momento pensé que quizá las cosas rotas también podían verse hermosas cuando alguien sabía dónde apuntar la luz.

También está el alivio silencioso de llegar de noche y encontrar una cama cómoda después del cansancio acumulado. La sensación del ventilador golpeando el cuerpo en medio del calor insoportable de esta ciudad, la desnudez convertida casi en una forma mínima de descanso, como si quitarse la ropa fuera también despojarse un poco el peso del día. Aunque, a veces, esa misma comodidad hace más evidente la ausencia de alguien al otro lado. Porque hay vacíos que se sienten más fuerte precisamente cuando todo lo demás parece estar en orden.

Quizá por eso sigo escribiendo. Porque algunas personas lloran, otras gritan, otras desaparecen un rato. Yo escribo, y tipeo más de lo común, busco algún refugio, comprensión sentida, rodearme de brazos inexistentes. Quizá por eso sigo esperando cierta clase de luz. No una que venga a salvarme ni a resolverlo todo, sino una capaz de atravesar estas sombras y hacerme sentir algo nuevo otra vez.

19 de marzo de 2026

Señales

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En esta madrugada de marzo, he decidido poner en palabras lo que sucede. Sé que esas sensaciones han estado ahí, persistentes, aunque todavía no logro hacerlas del todo conscientes. De alguna manera, escribir se ha convertido en mi forma de sostener el paso y continuar avanzando por este camino largo que un día elegí recorrer, cuando asumí, sin evasivas, las consecuencias de aquel acto punzante de diciembre.

Desde entonces, han ocurrido tantas cosas que me resulta difícil medir la rapidez con la que la vida me ha sorprendido, o incluso complacido. ¿Será esto placer, o es que al llegar a la adultez el tiempo comienza a encogerse, si es que puede decirse así?

He conocido, he sentido, he llorado; he permanecido en lugares que alguna vez quise. He abrazado, y también me han hecho sentir como algo desechable. Las risas van y vienen, fugaces. El síndrome del impostor no ha dejado de acompañarme, y a veces me pierdo pensando en lo que habría sido si no te hubiera arrojado al foso de mis recuerdos.

A veces regresas; otras, logro olvidarte. Y en ese ir y venir, terminas haciéndote presente otra vez. No te has ido del todo, aunque desearía que permanecieras lejos, que bajo ninguna circunstancia volviera a encontrarte. Y, aun así, te deseo lo mejor que la vida pueda ofrecer y si nos encontráramos, que fuera solo verte de lejos, sin tocar siquiera el aire que te rodea. Solo admirarte, para no perjudicarte.

Así fue también en aquellos años fríos, antes de ese gran vacío que dejó mi viejo. Así sucedió con otra historia que nunca llegó a concretarse: esa parte de mi vida que se cerró sin aviso y que, a veces, se asoma apenas para comprobar si sigo aquí, si estoy bien, si aún respiro.

Sé que esas señales regresan en canciones, en colores que se repiten, en rincones cotidianos que parecen hablar un lenguaje propio, en el eco de promesas que alguna vez creí comprender.

Sin embargo, también recuerdo —y me obligo a no olvidar— que no todo lo que se presenta está destinado a quedarse, y que no toda insistencia merece ser interpretada como destino. Recuerdo los silencios, las ausencias, las respuestas que nunca llegaron, y entiendo que también eso forma parte del mensaje.

Por ahora, me he sentado a materializar olvidos y a construir una realidad en la que la soledad no sea ni una amenaza ni un escudo, sino una ventaja inesperadamente afortunada. He aprendido a hablar de merecer mejores espacios, mejores corazones, mejores abrazos. He bebido algunas cervezas a tu nombre, para que permanezcas aquí, sí, pero estando lejos: esa paradoja hermosa que habita entre tu vida y la mía.

Te dejé ir para poder sostenerte de otra forma: más leve, más honesta. Me estoy acostumbrando a tu ausencia, como quien aprende a convivir con una presencia distinta. Y es curioso: cuanto más te alejo de mi vida, más nítido se vuelve tu recuerdo. Tal vez esa sea la señal.