19 de marzo de 2026

Señales

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En esta madrugada de marzo, he decidido poner en palabras lo que sucede. Sé que esas sensaciones han estado ahí, persistentes, aunque todavía no logro hacerlas del todo conscientes. De alguna manera, escribir se ha convertido en mi forma de sostener el paso y continuar avanzando por este camino largo que un día elegí recorrer, cuando asumí, sin evasivas, las consecuencias de aquel acto punzante de diciembre.

Desde entonces, han ocurrido tantas cosas que me resulta difícil medir la rapidez con la que la vida me ha sorprendido, o incluso complacido. ¿Será esto placer, o es que al llegar a la adultez el tiempo comienza a encogerse, si es que puede decirse así?

He conocido, he sentido, he llorado; he permanecido en lugares que alguna vez quise. He abrazado, y también me han hecho sentir como algo desechable. Las risas van y vienen, fugaces. El síndrome del impostor no ha dejado de acompañarme, y a veces me pierdo pensando en lo que habría sido si no te hubiera arrojado al foso de mis recuerdos.

A veces regresas; otras, logro olvidarte. Y en ese ir y venir, terminas haciéndote presente otra vez. No te has ido del todo, aunque desearía que permanecieras lejos, que bajo ninguna circunstancia volviera a encontrarte. Y, aun así, te deseo lo mejor que la vida pueda ofrecer y si nos encontráramos, que fuera solo verte de lejos, sin tocar siquiera el aire que te rodea. Solo admirarte, para no perjudicarte.

Así fue también en aquellos años fríos, antes de ese gran vacío que dejó mi viejo. Así sucedió con otra historia que nunca llegó a concretarse: esa parte de mi vida que se cerró sin aviso y que, a veces, se asoma apenas para comprobar si sigo aquí, si estoy bien, si aún respiro.

Sé que esas señales regresan en canciones, en colores que se repiten, en rincones cotidianos que parecen hablar un lenguaje propio, en el eco de promesas que alguna vez creí comprender.

Sin embargo, también recuerdo —y me obligo a no olvidar— que no todo lo que se presenta está destinado a quedarse, y que no toda insistencia merece ser interpretada como destino. Recuerdo los silencios, las ausencias, las respuestas que nunca llegaron, y entiendo que también eso forma parte del mensaje.

Por ahora, me he sentado a materializar olvidos y a construir una realidad en la que la soledad no sea ni una amenaza ni un escudo, sino una ventaja inesperadamente afortunada. He aprendido a hablar de merecer mejores espacios, mejores corazones, mejores abrazos. He bebido algunas cervezas a tu nombre, para que permanezcas aquí, sí, pero estando lejos: esa paradoja hermosa que habita entre tu vida y la mía.

Te dejé ir para poder sostenerte de otra forma: más leve, más honesta. Me estoy acostumbrando a tu ausencia, como quien aprende a convivir con una presencia distinta. Y es curioso: cuanto más te alejo de mi vida, más nítido se vuelve tu recuerdo. Tal vez esa sea la señal.

31 de diciembre de 2025

Merecer

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Estoy casi seguro de que este año ha sido uno de los mejores de mi vida, hasta ahora. Y no digo esto para insinuar que no hubo experiencias poco favorables, sino que, por primera vez en mucho tiempo, lo bueno ha superado a lo malo.

Las lecciones que he aprendido durante 2025 me han convertido en una persona más resiliente de lo que esperaba, sin contar la enorme cantidad de paciencia que he logrado desarrollar frente a ciertas vicisitudes. He aprendido a resistir sin endurecerme, a esperar sin perderme y a aceptar sin resignarme.

Precisamente, el acto de materializar o proyectar objetivos a principios de este año me brindó la brújula necesaria para poder llegar a ellos. Uno de los tantos que me había asegurado era el de ser el profe del año en mi trabajo. Lo dije con tanta certeza que incluso me imaginé recibiendo ese reconocimiento sobre la tarima, durante el acto de graduación que ocurrió en diciembre. Me esforcé, di lo mejor de mí y caminé con convicción hacia ese punto. Y lo hice porque siento que me lo merezco: porque he atravesado una gran cantidad de situaciones emocionales que fácilmente pudieron convertirse en obstáculos insalvables al momento de impulsarme hacia el futuro que tanto deseo.

Muchas personas me han dicho que a gente como yo le deben suceder eventos extraordinariamente bonitos. No sé si todas lo dicen desde la autenticidad o la honestidad, pero es una frase que se ha vuelto común, casi repetitiva, como si se tratara de una verdad automática que no siempre encuentra eco en la realidad.

En las últimas semanas de este año he leído ese “mereces, mereces” tantas veces, como si la palabra, por sí sola, tuviera la capacidad de materializar aquello que promete. Sin embargo, he aprendido que merecer no siempre significa recibir de inmediato, sino sostener la dignidad, la constancia y la esperanza incluso cuando la recompensa tarda en llegar. Merecer también implica seguir siendo quien uno es, aun cuando nadie esté mirando.

Y en ese merecer, el amor ocupa un lugar esencial. Quiero merecer, y estoy dispuesto a recibir en mis manos una gran cantidad de amor, porque he atesorado ese sentimiento durante tanto tiempo que todavía me cuesta comprender sus silencios. Sí, los silencios de esa persona que presuntamente es la indicada, pero que no llega, o que llega a medias, o que no se muestra con sus verdaderos colores. He aprendido que el amor no debería sentirse como una espera interminable ni como una promesa suspendida en el aire.

Merezco un amor que no dude, que no tema, que no se esconda. Un amor que no me haga cuestionar mi valor ni mi lugar. Uno que llegue con presencia, con claridad y con la misma valentía con la que yo he aprendido a sentir. 

Estoy plenamente convencido de que merezco bendiciones en todos los aspectos de mi vida. Tantas, como las manzanas que como a diario. 

31 de agosto de 2025

Corazón de neón

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Esta etapa de mi vida ha sido verdaderamente maravillosa. No quiero decir con esto que he alcanzado la cima de la plenitud que he soñado durante años, pero sí reconozco que he dado un gran paso hacia ella.

Una publicación que quizá sea breve, pero guarda en sí un enorme significado, pues está inspirada en hechos recientes que han dejado huella en mí.

Me he sentido complacido, tomado en cuenta, valorado y, por qué no decirlo, profundamente consentido. Todo esto gracias a las buenas circunstancias y a las muestras de cariño de quienes dedicaron un poco de su tiempo para regalarme palabras sinceras, momentos compartidos y experiencias que llevaré conmigo para siempre.

Esta hermosa casualidad —o quizás causalidad— de la vida merece el más profundo agradecimiento. Agradezco cada oportunidad que me ha permitido arriesgarme, perder miedos y, sobre todo, disfrutar de lo que antes veía con duda o temor. Hoy entiendo que soy merecedor de lo bello, de lo auténtico y de todo lo que llega a mi vida con la fuerza de la verdad y la bondad.

Y mientras sigo transitando este camino, me propongo vivir con más conciencia y con más apertura. Valorar lo pequeño, celebrar lo simple, y continuar construyendo eso que me recuerda quién soy y hacia dónde voy. Porque sé que lo mejor aún está por venir, y quiero recibirlo con gratitud, con amor y con la certeza de que cada paso, incluso los más inciertos, me están llevando exactamente al lugar donde debo estar.

Bendito agosto que pasó, quiero que el resto del año y de la vida sea una sonrisa amplia de felicidad auténtica.

24 de julio de 2025

Antojos

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Me encanta lo que veo. Me gustaría pasar más tiempo contigo. Quisiera que mis dedos pudieran tocar más de lo que imagino. Comerte se vuelve una necesidad. Así trataría a la comida que deseo para la cena... o a cualquier hora. Lo que me estimula está a la vuelta de la esquina, a solo una llamada de distancia. Me quedo viendo eso que dispara mis sentidos, engrandece mi poder y ocupa esta mente cuadriculada.

Sin duda, tienes algo que hace que el ambiente cambie. Te presentas tan imponente, te dejas observar sin mediar palabras, como una promesa arropada en deseos incontenibles. ¿Eres acaso un plato fuerte, caliente, que despierta mis glándulas salivales, me hace abrir la boca y esperar? Mis instintos de dominarte parecen hambre o querencia, anhelo. Solo que pareces volverme débil, vulnerable, curioso, preguntón, voraz. Sin embargo, me reservo cosas y me mantienes atento. Si sigo así, cada vez que me hables tendré que olvidarme del reloj, del bullicio, de esta ciudad de vapor incesante.

¿Te dejarías mirar, explorar con lentitud, saborear con cada papila? No tendría ningún afán en rozar mis pensamientos con los tuyos, en hacer que ese primer contacto tímido sea inolvidable. Mis dedos aún no te conocen, pero mi mente ya te ha recorrido significativamente. Por un momento, cierro los ojos y puedo sentir tu olor, la tersura de tu piel, tu amplia sonrisa y esa tensión que no se disipa en el aire. Sé que me incitas, que me invitas, pero sin palabras. ¿Telepáticamente?

Inspiras muchos escenarios escandalosamente ricos, pero soy tan egoísta que no te compartiría, ni por una noche, ni un día, ni una tarde. No eres capaz de dividir mis deseos entre tú y otro ser. Eso que eres hay que vivirlo en una privacidad tranquila, pacífica. No hay excusas para no comenzar, para no ceder al deseo y a la acción irrevocable. Cuando te apareces así, no hay espacio para preguntarse si proceder o no: no me cuestionaría, actuaría sin miramientos.

Por ahí dicen que lo bueno se hace esperar y se disfruta sin apuro, pero lo que se me antoja lo quiero ahora mismo. Sin reglas, sin horarios, sin etiquetas, sin filtros. Los placeres que me merezco no me esperan. Procedo a buscarlos, los encuentro, me encuentran. Y si me los sirven así, en bandeja, los devoro con fervor y entusiasmo.

18 de junio de 2025

Poema de amor

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¿Cuándo fue la última vez que me besaron en la boca, con el significado de amar, querer, desear? Me gustan los besos con intenciones de prolongar la bonitura. Sí, esa palabra existe. Y también la lindeza.

Lo que dejó de existir o bajó su intensidad, fue la de dedicar poemas; o por lo menos no he sabido de personas cercanas que los usen para demostrar el amor, el querer, el desear. Quizá, los poemas pasaron a segundo plano o al último. Lo que está de moda es el regalo material, las flores, algún chocolate, las tarjetas que incluyen palabras genéricas y no el sentir genuino de uno hacia el otro.

Sin embargo, podrá existir la versión humana del gesto sentimental en esta era tecnológica, en la que el compilado de palabras a la que se le define como “forma de expresión artística en forma de verso” provenga del corazón, del fuego interno de la pasión, y no de unos cuantos litros de agua que invirtió la inteligencia artificial en producirlo.

Aun así, me empeño en seguir creyendo que hay personas que sienten profundamente y que no temen escribir palabras que lleguen al alma. No con palabras extraídas de otro lado, no con frases prestadas de alguna red social, sino con su propia voz, con lo que realmente les arde por dentro. Sostengo la idea, quiero creer fielmente que todavía hay quien se toma unos minutos para pensar en alguien y dejarlo en el papel, sin pretensiones, sin buscar “likes”, sin filtros. Hace mucho tiempo que no me dicen: “estás en mí, tus ojos son el dulce de mi amanecer” o algo por el estilo.

En este mundo de superficialidades, de banalidades, de tantos apuros, el hecho de ser poeta no requiere de estudios avanzados ni de mortificarse buscando la mejor palabra o frase. Es suficiente ser sincero. La sinceridad no abunda, pero de encontrarla, hay que atesorarla. Eso, aunque corto y con una compañía verdadera, puede ser bastante. El amor, en poemas, es presencia real. Se trata de querer estar, de hacer sentir, de demostrar que uno sigue creyendo en la belleza de decir lo que se siente.

Quizá los poemas no han desaparecido. Tal vez solo se están esperando. Esperando a que alguien tenga el valor de escribir lo que otros solo piensan en silencio.

17 de mayo de 2025

Paisaje azul

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En ocasiones, queremos que los dolores nos carcoman de una vez por todas para dejar de sentir. Es esa manía de querer acabar con todo sin que haya un camino empedrado de por medio, sino que, si se ha de parar esa tortura, que sea de un solo golpe. Sin embargo, otros días nos surgen esas ganas de absorber el mundo, de conquistarlo -como dicen muchos- a pasos agigantados.

Estos meses, las motivaciones para desahogarme con alguien, para bien o para mal, de dejar que las palabras encuentren su curso, no han faltado. Parece que uno ha llorado tanto en esta vida que las lágrimas se agotaron como el azúcar a final de mes. El dulzor de mis palabras no se agota, increíblemente, a pesar de los días en los que la gente me trata como primero les sale del bolsillo. No sé si agradecer esa paciencia eterna que me ha otorgado El Creador, digo yo, en vez de disfrutar de una estatura promedio que siempre quise. Esa fortaleza me supera cada vez más.

He sido muy mentado por como la gente me ve, como “el mejor”, “you’re the best, teacher”. Hasta que lo fui en marzo, con reconocimiento y todo. El síndrome de impostor me golpea con lazo de amaestrar bestias. Sé que soy tan organizado, que casi cuento las veces que respiro o las tantas olas que vienen y van cada vez que recuerdo a los amores eternos y a los efímeros, a los ingratos y al más bonito que he tenido, aparte del de mi madre hermosa. Me casé con una satisfacción que se disuelve como vitamina C en vaso de agua tranquila. No sé por qué no termino de creérmelo. Hay un desbalance entre lo que soy y lo que es palpable. Ese azote de realidad me hace pisar fuerte, en lugar de estar flotando en ilusiones.

Los días pasan y hay fragilidades que no pueden esconderse debajo de la alfombra. Ahora, la fortaleza me tiene embelesado. Y, sin embargo, a veces me descubro deseando volver a aquellos días en los que no sabía nada, pero lo sentía todo. Cuando el viento tenía otro sabor y los sueños no se medían en logros, sino en promesas. Me acuerdo de aquel paisaje azul que dibujaba con la mirada desde la ventana, creyendo que el mundo cabía en mis manos. Hoy, aunque mis manos están llenas de papeles, de nombres, de logros, también están vacías de ciertas caricias, de ciertas voces que ya no suenan.

He aprendido a sostenerme, sí, pero no a dejar de extrañar. Tal vez esa es la verdadera fortaleza: saber que hay vacíos que no se llenan, y aun así seguir caminando. Porque hay nostalgias que no duelen, solo susurran, como si el alma las llevara pegadas a los talones. Y mientras escribo estas líneas, pienso que quizá todo lo que fui, lo que soy y lo que sueño, cabe en ese paisaje azul que alguna vez imaginé... y que, en el fondo, nunca dejé de mirar.