Desde entonces, han ocurrido
tantas cosas que me resulta difícil medir la rapidez con la que la vida me ha
sorprendido, o incluso complacido. ¿Será esto placer, o es que al llegar a la
adultez el tiempo comienza a encogerse, si es que puede decirse así?
He conocido, he sentido, he
llorado; he permanecido en lugares que alguna vez quise. He abrazado, y también
me han hecho sentir como algo desechable. Las risas van y vienen, fugaces. El
síndrome del impostor no ha dejado de acompañarme, y a veces me pierdo pensando
en lo que habría sido si no te hubiera arrojado al foso de mis recuerdos.
A veces regresas; otras, logro
olvidarte. Y en ese ir y venir, terminas haciéndote presente otra vez. No te
has ido del todo, aunque desearía que permanecieras lejos, que bajo ninguna
circunstancia volviera a encontrarte. Y, aun así, te deseo lo mejor que la vida
pueda ofrecer y si nos encontráramos, que fuera solo verte de lejos, sin tocar
siquiera el aire que te rodea. Solo admirarte, para no perjudicarte.
Así fue también en aquellos años
fríos, antes de ese gran vacío que dejó mi viejo. Así sucedió con otra historia
que nunca llegó a concretarse: esa parte de mi vida que se cerró sin aviso y
que, a veces, se asoma apenas para comprobar si sigo aquí, si estoy bien, si
aún respiro.
Sé que esas señales regresan en canciones, en colores que se repiten, en rincones cotidianos que parecen hablar un lenguaje propio, en el eco de promesas que alguna vez creí comprender.
Sin embargo, también recuerdo —y me obligo a no olvidar— que no todo lo que se presenta está destinado a quedarse, y que no toda insistencia merece ser interpretada como destino. Recuerdo los silencios, las ausencias, las respuestas que nunca llegaron, y entiendo que también eso forma parte del mensaje.
Por ahora, me he sentado a
materializar olvidos y a construir una realidad en la que la soledad no sea ni
una amenaza ni un escudo, sino una ventaja inesperadamente afortunada. He
aprendido a hablar de merecer mejores espacios, mejores corazones, mejores
abrazos. He bebido algunas cervezas a tu nombre, para que permanezcas aquí, sí,
pero estando lejos: esa paradoja hermosa que habita entre tu vida y la mía.
Te dejé ir para poder sostenerte
de otra forma: más leve, más honesta. Me estoy acostumbrando a tu ausencia,
como quien aprende a convivir con una presencia distinta. Y es curioso: cuanto
más te alejo de mi vida, más nítido se vuelve tu recuerdo. Tal vez esa sea la
señal.

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