6 de agosto de 2026

Pitalito

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La bandera de este municipio de Colombia, que vuelve a mi memoria cada vez que intento ejercitarla, tiene un verde tan fértil que inevitablemente me conduce a una mirada profunda, enmarcada por unas cejas delicadamente delineadas, tan sutiles como el relieve ondulado de sus colinas.

Es probable que esos ojos se hayan detenido alguna vez frente a la imponente estatua de la Cacica Gaitana, en el Huila. También es muy posible que el frío, ese frío casi intenso que abraza el pueblo, haya rozado su piel, y confieso que siento celos de él.

Quizá las canciones nacidas entre sus calles encontraron refugio en unos oídos atentos y, desde entonces, decidieron quedarse, apareciendo de vez en cuando en historias de Instagram como quien deja pequeñas pistas para quien sabe mirar.

Hay lugares que uno termina amando sin haber puesto un pie, una mano o unos labios, en ellos. No por sus calles ni por sus paisajes, sino porque un día alguien salió de allí llevando consigo el color de sus montañas, la calma de su clima y una belleza tan discreta que parece no darse cuenta de la huella que deja en los demás.

Me gusta imaginar que ese lugar también le enseñó el lenguaje de los fogones. Porque hay personas que cocinan tan bien que uno termina creyendo que el ingrediente secreto nunca estuvo en los alimentos, sino en la forma en que entregan un poco de sí en cada plato. 

Hay fuegos que no se anuncian con llamas. Se descubren en una sonrisa apenas sostenida, en una mirada que parece conocer todos los secretos del silencio, en la manera de acercarse sin prisa y, aun así, alterar el ritmo de quien tiene enfrente. Algunos lugares enseñan a convivir con el frío; otros parecen enseñar el arte de encenderlo todo.

Tal vez entre aquellas montañas aprendió que cuidar también consiste en dar orden al mundo. No solo en la paciencia de unos fogones, sino en la silenciosa belleza de hacer que cada detalle encuentre su lugar. Había algo irresistible en esa capacidad de transformar el desorden cotidiano en armonía, como si todo, bajo su mirada, supiera exactamente dónde debía estar.

No sé en qué momento el tiempo decidió apartarnos. Tampoco entiendo por qué, después de tantos silencios, encontró la manera de acercarnos otra vez, solo para recordarnos que algunas coincidencias duran lo suficiente como para despertar la esperanza y lo demasiado poco como para convertirse en permanencia.

Nuestra última interacción apenas cabía en dos emojis. Qué extraño resulta pensar que algo tan pequeño pudiera contener tanto de lo que nunca dijimos. Fueron dos símbolos perdidos entre una pantalla y otra, insuficientes para preguntarnos cómo habíamos cambiado, para contarnos en qué nos habíamos convertido o para decirnos todo aquello que el orgullo, la distancia o las circunstancias dejaron suspendido en el tiempo.

Hay personas que se convierten en lugares a los que solo se puede volver con la memoria y desconozco si leerás esto. Sin embargo, espero que, entre Florencia, Bogotá y Pitalito, dejes un rastro bonito. Nadie lo hará como tú lo haces. Ten tu pico.